Laxe dos Penes

Petroglifos Laxe dos Penes

La llamada Laxe dos Penes de Taboexa, se localiza a tan solo un par de metros de dos interesantísimos lagares rupestres labrados en una roca adyacente. Estos dos conjuntos rupestres los hemos separado en dos fichas independientes pues lo más probable es que su realización no coincida en el tiempo, ya que los petroglifos de A Laxe dos Penes podrían ser hechos durante el calcolítico o la Edad de Bronce, mientras que las lagaretas se relacionan con el periodo de la habitabilidad del cercano castro de Altamira que incluso podría ser durante el periodo posterior a la dominación romana.

Como decíamos, los petroglifos de A Laxe dos Penes se localizan en la parroquia de Taboexa, en el concello de As Neves, en un sitio denominado Lugar do Mouro, topónimo popular relacionado seguramente con estos vestigios históricos de dudoso origen y otros de los alrededores.

Lagares rupestres
Lagares rupestres

Los petroglifos son simples, ya que se trata de tres pequeños grabados, dos pequeñas líneas gruesas de 24,5 y 23 cm que flanquean y señalan una coviña o cazoleta en el medio de 6,5 cm.

Estas figuras han sido relacionadas según la tradición y por diversos investigadores como órganos sexuales masculinos y femeninos, de ahí el nombre de Laxe dos Penes. Según cuentan, la roca podría ser empleada para ritos de fecundidad y fertilidad y en ella se frotarían los órganos sexuales por su presunto poder fecundador. 

Sin embargo, ante la falta de más estudios, pruebas y referencias escritas que hayan llegado hasta nuestros tiempos todo esto serían conjeturas y quizás su verdadero significado nada tenga que ver con ritos sexuales.

En las inmediaciones de A Laxe dos Penes podremos ver una cruz grabada en la roca, probablemente un símbolo de edad moderna que servía como elemento sacralizador de lugares y ritos paganos.

Además de las vistas del valle del Tea que ofrece el lugar y de la presencia de los lagares rupestres de Taboexa, en las cercanías encontraremos fabulosos conjuntos de petroglifos, varias casas centenarias abandonadas, caminos empedrados con sus marcas de carros, media docena de molinos harineros, la ermita de San Bartolomé y el enigmático castro de Altamira, con su silueta siempre ante nosotros.

El castro de Altamira y el valle del Miño y Tea

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