Casa Museo de Valle-Inclán en Vilanova de Arousa

No os puedo acercar al museo sin hablar antes de Valle-Inclán porque hay personajes que parecen inventados por un escritor con demasiada imaginación.

Hay personas que no nacen para pasar de puntillas por el mundo. Llegan para incomodar, para romper moldes, para desafiar lo establecido y dejar tras de sí una huella que ni el tiempo consigue borrar. Personas que parecen vivir con un pie en la realidad y otro en la leyenda, como si su propia existencia fuese una obra de teatro en la que nunca supiéramos qué parte es verdad y cuál pertenece al personaje.

Ramón María del Valle-Inclán fue uno de ellos. Y cuanto más me acerco a su historia, más fascinada me siento por ese hombre que hizo de su vida casi otra obra literaria. Porque con él, la realidad parece empeñarse en superar a la ficción.

Hoy nos vamos hasta Vilanova de Arousa, en Pontevedra, para conocer la casa donde nació uno de los escritores más fascinantes de nuestra literatura. Me avergüenza decir que pasando tantas veces cerca de aquí, aún no conociese este museo. Pero antes de cruzar su puerta, merece la pena detenerse en el hombre. Porque para entender al escritor hay que conocer un poco al personaje, y Valle-Inclán fue un personaje de los que no se olvidan.

Valle-Inclán un gallego que nació para incomodar

Ramón José Simón Valle Peña, así se llamaba el conocido universalmente como Ramón María del Valle-Inclán, nació el 28 de octubre de 1866 en Vilanova de Arousa.

Fue novelista, dramaturgo, poeta y uno de los grandes renovadores de las letras españolas. Su vida transcurrió entre la bohemia, los cafés literarios, las discusiones, los viajes y una personalidad que parecía diseñada para girar cabezas.

Su barba, sus gafas, su indumentaria y su manera de expresarse lo convirtieron en un personaje inolvidable. Y no solo porque nos obligaran a leer Luces de Bohemia en el instituto, cuando quizá aún no estábamos preparados para comprenderla. Con el tiempo entendemos que el esperpento era mucho más que una forma de escribir, era denunciar las miserias e injusticias a través de la sátira y la ironía.

Me hace gracia el escuchar, «él inventó el esperpento» No, no inventó el esperpento el lo llevó a su máxima expresión.

Valle-Inclán no inventó lo grotesco, ni la sátira, ni esa manera de deformar la realidad para dejar al descubierto sus miserias. Mucho antes que él ya había escritores y artistas que utilizaban la caricatura, la exageración y el absurdo para retratar una sociedad que, vista de cerca, a veces parecía más ridícula que cualquier ficción.

Ahí tenemos a Quevedo, a Goya, a Molière … Cada uno a su manera, cada uno en su tiempo, ya habían jugado con esa deformación que nos hace reír y, al mismo tiempo, nos obliga a pensar. El esperpento ya había nacido mucho antes que él. Pero a veces parece que para darle notoriedad hay que decir que lo inventó él, no, lo llevó a otro nivel.

Lo que hizo Valle-Inclán fue llevarlo a su máxima expresión y convertirlo en una forma propia de entender y representar la realidad.

El utilizo el esperpento para captar y denunciar las miserias de su época y así convertirlas en invisibles a los ojos de la censura y visibles a todo aquel que entendiera su literatura como la mejor de las armas. Se habla de sus personajes y de la realidad que contaba como un espejo en el que distorsionaba a los personajes. Como un circo en el que reírse de uno mismo viendo un reflejo que no corresponde pero su pluma fue mucho más profunda que un simple espejo, no pretendió solo deformar la realidad quizás lo que buscaba era llegar a conmover y ponerte en la piel del otro.

Luces de Bohemia es una de sus obras más conocidas, aunque, para mí, no es la mejor. Si la has leído, quizá recuerdes a Don Latino, ese supuesto amigo de Max que, después de su muerte, se queda con el décimo de lotería que le ha robado y acaba convertido en el afortunado de la historia. Ahí lo tienes, en la taberna, con su puro e invitando a los demás, celebrando una fortuna que nunca debió ser suya. Pero lo fue.

Al pobre Max Estrella hasta la vida le da la espalda en el último instante. Ni siquiera después de muerto lo deja en paz, mientras él pierde todo, hasta la esperanza, su amigo se enriquece a su costa. Porque si algo sabía hacer Valle-Inclán era mostrarnos una realidad tan injusta y absurda que, a veces, solo podía entenderse a través del esperpento. Hoy le llamamos la ley de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal. Aunque Valle-Inclán iba un paso más allá, cuando crees que ya nada puede empeorar, siempre aparece alguien dispuesto a demostrarte que estás equivocado.

Cuando leí Luces de Bohemia, tuve la sensación de estar leyendo algo que podía extrapolarse fácilmente a cualquier época. Cambian los años, cambian los nombres, cambian las circunstancias, pero hay algo en el comportamiento humano y en la sociedad que parece resistirse al paso del tiempo.

Con los años entendí que quizá Valle-Inclán no escribió aquella obra pensando en nosotros, sino en sus propios coetáneos, en la sociedad que le tocó vivir y en las miserias que tenía delante de los ojos.

Y mientras contemplaba esta antigua cocina, imaginaba aquellas casas donde la vida transcurría entre fogones, ollas y comidas compartidas. Porque también alrededor de una mesa se hablaba de política, se comentaban las injusticias y se sufrían las dificultades de cada día. Quizá Valle-Inclán quiso precisamente eso: que, entre tanta miseria, alguien se atreviera a ponerle nombre a lo que estaba mal. Y es curioso, porque el tiempo ha pasado, han cambiado las cocinas y los platos, pero algunas de aquellas miserias siguen sentándose a nuestra mesa.

Y ahí es donde me surge una reflexión y es que por mucho que estudiemos su obra, que analicemos sus palabras y que intentemos descifrar cada símbolo, ¿hasta qué punto podemos saber qué quiso transmitir realmente? Podemos interpretar, investigar y acercarnos a su pensamiento, pero quizá haya matices, intenciones y sentimientos que solo él conocía.

Tal vez esa sea también la grandeza de la literatura: que una obra nace en un tiempo concreto, de la mano de alguien que tiene algo que decir sobre su mundo, y termina viajando mucho más lejos de lo que su autor pudo imaginar.

Y quizá Valle-Inclán no escribiera para nosotros, pero aquí seguimos, tantos años después, leyendo sus páginas y encontrando en ellas preguntas que todavía nos incomodan.

No sé si eso significa que el mundo ha cambiado menos de lo que creemos o que somos nosotros quienes seguimos tropezando con las mismas contradicciones.

Lo que sí sé es que, cuando una obra consigue que sigamos preguntándonos qué quiso decir su autor, incluso décadas después, es que todavía tiene algo que contarnos.

El duelo que le costó un brazo

Si su vida fuese una novela, este capítulo ocuparía varias páginas.

En 1899, durante una discusión en Madrid con el periodista Manuel Bueno, se produjo un enfrentamiento en el que Valle-Inclán sufrió una herida en el brazo izquierdo. La lesión se complicó y acabó siendo necesaria la amputación. Tenía poco más de treinta años.

Uno podría pensar que un golpe así habría cambiado por completo su destino, pero Valle-Inclán continuó escribiendo y construyendo una obra que acabaría revolucionando el teatro español.

La historia se ha contado tantas veces que forma parte inseparable de su biografía. Y es que cuesta imaginar a un personaje más alejado de la normalidad que aquel escritor de barba interminable, ideas radicales y una capacidad casi provocadora para convertir su propia existencia en materia literaria.

Se casó con una artista

Un hombre que enamoró a una artista, ella fue la que lo libró de la cárcel dando las herramientas para que escribir no le trajera problemas. Porque Valle-Inclán no quería limitarse a contar lo que veía.

Quería que el lector se enfrentase a ello, que se incomodase, que se riese cuando no debía y que, después de reírse, se preguntase por qué. Y vaya si lo consiguió. Valle-Inclán no se conformó con escribir historias.

Siempre me emociona pensar que Valle-Inclán quería cambiar el mundo. Denunciar las desigualdades, sacudir las conciencias y dejarles a sus hijos un mundo un poco más justo que el que le había tocado vivir. Y tenía entre las manos un arma poderosa, la escritura. Porque hay quien escribe para contar historias y hay quien escribe para remover aquello que otros prefieren mantener intacto.

Santiago de Compostela y el último capítulo de su vida

En 1935, Valle-Inclán se instaló en Santiago de Compostela para recibir tratamiento médico. Su salud estaba muy deteriorada y padecía un cáncer de vejiga. Murió el 5 de enero de 1936, a los 69 años.

El entierro

Su entierro, celebrado al día siguiente en el cementerio de Boisaca, ha quedado rodeado de relatos y anécdotas que parecen pertenecer a una de sus propias obras.

Una de las historias más conocidas cuenta que un joven anarquista se abalanzó sobre el féretro para arrancar un crucifijo que llevaba en la tapa, pese a que el escritor había expresado su deseo de recibir un entierro civil. Según algunas versiones, el joven cayó sobre el ataúd y rompió la losa, dejando el cadáver al descubierto. También se ha contado que aquel joven fue posteriormente el primer fusilado por el franquismo. Sin embargo, los detalles de este episodio, incluida la identidad del protagonista, son objeto de controversia y no deben darse por probados sin documentación concluyente.

La imagen, aun así, resulta poderosa, Bien podría formar parte de cualquiera de sus libros un entierro bajo la lluvia, un féretro roto y una escena grotesca en forma de denuncia.

Después de una vida tan exagerada, tan teatral y tan llena de leyenda, su tumba es extremadamente sobria. Una gran losa de granito. Su nombre. Y Nada más.

Y quizá ahí resida la última de sus genialidades. El hombre que convirtió la literatura en un universo de máscaras, sombras, extravagancias y personajes inolvidables descansa sin grandes artificios. Todo lo que tuvo que decir lo dijo en vida no hacen falta más palabras, su despedida de alguna manera fueron todas sus obras.

Frente a una vida que parecía inventada, la muerte dejó solamente su nombre, aunque deberíamos decir el personaje que el creó Ramón María del Valle-Inclán. Y ese nombre, grabado en piedra, no necesita adornos.

Casa Museo de Valle-Inclán en Vilanova de Arousa

El Pazo do Cuadrante es una casa gallega con memoria convertida en su museo

Después de recorrer una vida así, apetece conocer el lugar donde comenzó. Y para hacerlo tenemos que regresar a Galicia, a Vilanova de Arousa, donde todavía podemos acercarnos a la historia del escritor a través de la casa familiar.

Aquí se encuentra la Casa Museo de Valle-Inclán, situada en el Pazo do Cuadrante, la vivienda de sus abuelos maternos y la casa en la que nació.

Os confieso algo, me encantó la visita y os recomiendo muchísimo que la hagáis. Hay museos que recorres mirando vitrinas y otros en los que terminas imaginando cómo sería la vida.

Aquí no solo vienes a conocer a un escritor, descubres una casa gallega, sus costumbres, sus rincones y las historias que pudieron alimentar la imaginación de uno de los grandes nombres de nuestra literatura.

La Casa de O Cuadrante es una construcción tradicional gallega de tipo pacego, con planta en forma de L y dos alturas. La propiedad ocupa una parcela de unos 1.560 metros cuadrados, delimitada por un muro de piedra y rodeada de jardín y huerta.

Monumento nacional en 1976

El edificio fue declarado monumento nacional en 1976. En 1994 sufrió un incendio que destruyó su interior y posteriormente fue rehabilitado para acoger la casa museo, respetando las características de la construcción original.

Y hay algo que me parece importante contaros cuando entréis en esta casa es que los muebles y enseres que vais a encontrar son antiguos, de época. Algunos son piezas que se salvaron del incendio y otros proceden de otras casas vinculadas a Valle-Inclán y a su familia.

Aquí no todo es una recreación de lo antiguo ni un decorado preparado para que nos hagamos una idea de cómo se vivía entonces. Hay objetos que pertenecieron a aquel tiempo, piezas que han sobrevivido y otras que han sido reunidas para recuperar el ambiente de la vivienda.

Y permitidme el juego de palabras porque en la casa de Valle-Inclán no todo es un esperpento de lo antiguo, lo que encontramos es, precisamente, antiguo.

Hoy podemos recorrer sus espacios y acercarnos tanto a la historia de la vivienda como a la trayectoria de Valle-Inclán. Recomiendo vista guiada que ha sido una auténtica maravilla.

La planta baja. donde antes estaban las cuadras

La planta baja, de unos 234 metros cuadrados, estuvo destinada antiguamente a cuadras, almacenes y bodega.

El calor de los animales y la fermentación de los excrementos contribuían a mantener caliente la planta superior, donde se encontraba la vivienda. Para conservar ese calor, la construcción utilizaba pequeños huecos de ventilación en los muros, conocidos como «bufardas».

Hoy esta planta alberga una exposición permanente sobre la vida y la obra del escritor. Aquí podemos encontrar primeras ediciones de sus libros, documentos y materiales que permiten recorrer su trayectoria.

Es una manera de acercarnos a Valle-Inclán desde sus textos y comprender cómo aquel niño nacido en una casa familiar gallega terminó convirtiéndose en una figura imprescindible de la literatura española.

La cocina y la lareira. el corazón de la casa

Si hay un lugar que me parece especialmente evocador en una vivienda tradicional gallega, es la cocina. En O Cuadrante encontramos la antigua «lareira», el espacio alrededor del cual se encendía el fuego, se cocinaba y se reunía la familia.

La lareira estaba coronada por una campana o «cambota», rematada por una chimenea de cantería. Su sistema de drenaje interior ayudaba a evitar filtraciones de agua en los días de lluvia.

El fregadero se situaba bajo una ventana y el comedor diario ocupaba una estancia separada.

Me imagino esta cocina hace muchos años, con el fuego encendido, el olor de la comida recién hecha y alguien moviéndose de un lado a otro mientras prepara el almuerzo. Los platos esperan en su estante de madera, los cucharones cuelgan de sus ganchos y las ollas, gastadas por el uso, guardan la memoria de tantos guisos.

Quizá aquí se reunía la familia al terminar el día, se compartían las noticias y se contaban historias al calor de la lareira. Porque una cocina antigua no es solo un lugar donde se cocinaba; era el corazón de la casa, donde transcurría buena parte de la vida.

Imaginad aquellas tardes, el fuego encendido, las ollas al calor, la familia reunida y las conversaciones que acompañaban las tareas cotidianas. Porque en las casas gallegas el fuego no servía únicamente para cocinar. También calentaba las manos, las conversaciones y la memoria. Y quizá por eso resulta tan fácil imaginar que muchas historias escuchadas alrededor de una lareira acabasen viajando después a las páginas de un libro.

El dormitorio donde nació Valle-Inclán

La casa conserva también la distribución de sus habitaciones y el dormitorio principal, donde nació el escritor.

En las viviendas gallegas tradicionales, el número de dormitorios podía variar según las necesidades familiares. Si aumentaba la familia, se levantaban tabiques para crear nuevos espacios.

La Casa de O Cuadrante también tuvo a lo largo de su historia diferentes distribuciones. Pero es el dormitorio principal el que tiene un significado especial. Allí nació Valle-Inclán en 1866, siguiendo la costumbre de la época de dar a luz en la casa familiar. Y resulta inevitable detenerse un instante a pensarlo.

Antes de los libros, de los escenarios, de las polémicas y de aquella barba que lo hizo inconfundible, hubo un niño que llegó al mundo en esta casa de Vilanova de Arousa. A veces, conocer el lugar donde nació alguien nos ayuda a sentir su historia mucho más cerca.

La sala noble y el despacho

La vivienda cuenta también con una sala noble y un despacho de trabajo.

El salón era una estancia de respeto, reservada principalmente para las grandes celebraciones y acontecimientos familiares. La vida cotidiana se desarrollaba en la cocina y en el comedor diario.

Los dormitorios, por su parte, respondían a las necesidades de cada época y de cada familia.

Recorrer estos espacios permite comprender mejor la organización de una casa gallega de cierta importancia y observar cómo convivían las estancias destinadas a la representación social con aquellas en las que transcurría la vida de todos los días.

Micaela la Galana: las historias que alimentaron

Aquí llegamos a una de las partes más bonitas de la visita.

Valle-Inclán encontró en los recuerdos de su infancia y en las historias populares una fuente de inspiración para su literatura. En su colección de relatos Jardín Umbrío aparecen santos, almas en pena, duendes, ladrones y otras figuras de un mundo tradicional cargado de misterio.

El museo relaciona esas historias con Micaela la Galana, una anciana que le contaba relatos cuando era niño. Pensad por un momento en lo que significa esto. Un escritor que acabaría creando universos literarios extraordinarios escuchaba de pequeño las historias que circulaban en su entorno familiar. No todo nace de los grandes acontecimientos. A veces, la imaginación se despierta con una voz, una leyenda o un relato escuchado al caer la tarde.

Y esa es una de las razones por las que me gusta tanto conocer las casas de personajes históricos. Nos recuerdan que, antes de convertirse en quienes fueron, también fueron niños que escuchaban, observaban y soñaban.

El jardín y su magnolio centenario

El exterior de la casa merece también que nos detengamos un rato.

El jardín, rodeado por un muro de piedra, conserva rosales, árboles frutales y bancos de piedra. Pero hay un protagonista que destaca por encima de todos: un enorme magnolio centenario que preside el espacio.

Una auténtica joya botánica y un testigo silencioso de la historia de la vivienda.

El jardín está muy ligado al ambiente evocador de Jardín Umbrío. El folleto del museo recoge unas palabras que hablan de los grillos, los murmullos y los aromas que llegaban desde el fondo oscuro del jardín. No hace falta demasiada imaginación para comprender el poder inspirador de un lugar así.

Fotografiar una flor blanca parece sencillo, hasta que te pones a intentarlo. La luz, los matices, los pétalos que se queman y esos detalles que desaparecen cuando la cámara no consigue captar lo que ven tus ojos…

Un pequeño reto para quienes disfrutamos intentando guardar la belleza en una fotografía. Y mira tú por dónde, ha sido en la casa de Valle-Inclán donde he terminado de comprender el esperpento. Porque conseguir que una fotografía muestre la realidad tal y como la vemos no siempre es fácil. Y si fotografiar un blanco ya me cuesta, captar el esperpento de Valle-Inclán es otro nivel que descubrirás al visitar el museo.

Hay jardines que son bonitos y jardines que parecen guardar historias. Este tiene algo de ambas cosas.

Mi recomendación. no os vayáis de Vilanova sin visitarla

Yo disfruté muchísimo de esta visita. Me encantó descubrir la casa, conocer cómo se organizaba la vida en ella y detenerme en esos detalles que muchas veces pasan desapercibidos cuando solo buscamos el nombre de un personaje famoso.

Os recomiendo la Casa Museo de Valle-Inclán porque permite acercarse al escritor desde otro lugar. No solo desde sus libros o desde lo que estudiamos en el colegio, sino desde la casa, la familia, las costumbres y el entorno que formaron parte de su historia.

Además, es una oportunidad para valorar nuestro patrimonio gallego, esas construcciones que nos hablan de cómo vivían nuestros antepasados y que merecen seguir en pie para que las generaciones futuras también puedan conocerlas.

Si estáis recorriendo las Rías Baixas, anotad esta visita. Merece la pena dedicarle tiempo y recorrerla sin prisas. Porque al final, lo que nos llevamos de un lugar no siempre es una fotografía. A veces es una historia, una sensación o una manera diferente de comprender a alguien.

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