Situada junto a Carril, en Vilagarcía de Arousa (Pontevedra), Cortegada forma parte del Parque Nacional Marítimo-Terrestre das Illas Atlánticas de Galicia. Es un espacio de gran valor ecológico.
Cortegada es un refugio de naturaleza donde el bosque, el mar y la historia conviven en un paisaje único. Conocerla y protegerla significa conservar una parte esencial del patrimonio natural gallego.
La Isla Cortegada
Una de las formas de llegar a la isla es por mar, y nosotros elegimos hacerlo de la mano de Amare. Para nosotros, la experiencia comenzó mucho antes de pisar tierra.
Subir al barco, dejar atrás la costa y contemplar la ría desde el agua, es una manera diferente de acercarte a este rincón de Galicia.

Durante la travesía, el paisaje se convirtió en parte de la aventura y fuimos sintiendo esa emoción de estar a punto de descubrir un nuevo lugar. Porque la isla es el destino, pero el recorrido también forma parte de todo lo que vas a vivir, se te pasará el tiempo volando y en nada, estarás en la isla de Cortegada.

Hay lugares a los que llegar por mar les añade algo especial, una forma distinta de mirar Galicia y de disfrutarla desde el primer momento.

La Isla Cortegada comienza precisamente en la zona de la playa porque es allí donde se desembarca, muy cerca de la antigua ermita.
Playa

Ermita
Hoy, la ermita luce restaurada y se ha convertido en el primer lugar donde empezar a descubrir la historia de la isla.
Nada más entrar, encontrarás información que te ayudará a conocerla mejor, entender su pasado y descubrir algunas de las historias que guarda. Os recomiendo siempre la visita guiada con Ana de Alecrín.

El interior de la ermita se ha convertido en un panel informativo con alma, un lugar donde la historia de la isla cobra vida y nos ayuda a comprender todo lo que guarda.

Aquí no se trata solo de leer información, se trata de empezar a sentir el lugar, conocer su pasado y descubrir, antes incluso de salir de la ermita, que cada rincón de esta isla tiene algo que contarnos.

Desde la playa se puede contemplar una de las estampas más especiales de la isla, arena, mar, árboles y, a pocos pasos, las huellas de un pueblo, una aldea que ya no existe como tal.

Pronto entenderás la importancia de lo que ves porque aquí hasta las algas forman parte de la historia, nada más llegar te reciben como el que fue un gran motor de la vida en la aldea eran recogidas y transportadas en carros para utilizarse como abono en las fincas por los vecinos.

La aldea
Lo primero que te preguntarás al llegar a la isla es si vivió gente aquí. Sí, Cortegada estuvo habitada.
Había casas, tierras de cultivo, ganado y una pequeña comunidad. La isla llegó a tener 17 familias y unas 72 personas. Vivían allí, cultivaban patatas y maíz y tenían vacas, gallinas y ovejas.

Leyenda
También como otros lugares de Galicia en ella nos encontraremos dos leyendas la del Urco que dicen que vivía aquí y la del árbol come piedras.
Urco
El Urco en Galicia es símbolo de miedo y misterio, una criatura del mar profundo que camina entre niebla y leyenda.
El Urco era el perro del demonio que atemorizaba a los vecinos de Carril y vivía en la Isla de Cortegada. Cuentan que quien lo oía, sabía que algo malo estaba por suceder. Él nunca atacaba, su sola su presencia era el presagio más oscuro.

Como ocurre con tantas leyendas gallegas, puede que detrás de esta historia haya una parte de realidad. Quizá todo comenzara con alguien que se escondía en la isla y aprovechaba la oscuridad de la noche para acercarse al pueblo, robar y atemorizar a los vecinos.

Con el tiempo, aquellos sucesos, mezclados con el miedo y la imaginación de quienes los vivieron o escucharon, pudieron dar origen a una leyenda que se extendió rápidamente entre la gente. Porque en Galicia, muchas veces, la realidad y la fantasía caminan de la mano, y lo que comienza con un suceso real acaba convirtiéndose en una historia que pasa de generación en generación, creciendo con cada relato.

El árbol Come Piedras
Hay algo maravilloso en las leyendas, y es que, por mucho que crezcamos, siguen teniendo el poder de hacernos parar, mirar y escuchar como cuando éramos niños.

En Cortegada nos ocurrió con el árbol come piedras. Y allí pensé en lo bonito que es que una leyenda siga teniendo ese poder. Que un árbol, en medio de una isla, consiga reunirnos alrededor de una historia y despertar en nosotros esa curiosidad que nunca deberíamos perder. Porque quizá las leyendas no estén solo para explicar lo inexplicable, sino para recordarnos que todavía somos capaces de asombrarnos, de imaginar y de compartir momentos que se quedan con nosotros mucho después de haberlos vivido.

La historia del árbol come piedras no te la voy a contar. Hay historias que merecen ser escuchadas allí donde nacieron, entre los árboles, con el rumor de la naturaleza como telón de fondo y la imaginación haciendo el resto.
Así que tendrás que venir a Cortegada, detenerte un ratito ante este árbol y dejar que te cuenten su historia. Y quién sabe… quizá tú también acabes escuchando como un niño, con esa sonrisa de quien, por un instante, ha vuelto a creer en la magia.

La historia de la isla
Cortegada era una aldea con mucha vida. Hasta que todo cambió.

1907
Lo que sucedió es que la isla fue donada a Alfonso XIII en 1907, con el proyecto claro de convertirla en residencia real. Esto no llegó a materializarse pero el antiguo poblado terminó quedando abandonado (medio a la fuerza).

1910
La evacuación definitiva de los vecinos y la entrega de las llaves. Y justo aquí la aldea se abandona.
En Cortegada ya no quedan vecinos, pero la isla todavía conserva pequeñas huellas de aquella vida que un día llenó de movimiento sus caminos y sus casas. Basta con detenerse a mirar para descubrirlas: los abrevaderos de piedra, que aún encontramos entre las antiguas viviendas, o las marcas que las ruedas de los carros dejaron grabadas en algunos caminos.

Son detalles que impresionan, porque nos permiten imaginar cómo era la vida aquí, cuando había gente entrando y saliendo, animales que necesitaban beber, carros que recorrían la aldea y tareas cotidianas que daban sentido a cada rincón. Cuesta no pensar en todo el trajín que debió de haber entre estas piedras, en las voces que se escucharían y en las historias que hoy ya nadie puede contarnos.

Ahora, la naturaleza ha ido recuperando su espacio y el silencio ocupa el lugar que antes pertenecía a la vida cotidiana. Pero esas huellas siguen ahí, resistiéndose al olvido y recordándonos que Cortegada no siempre fue el lugar tranquilo que conocemos hoy.

La ermita
En la isla existía un santuario dedicado a la Virgen de los Milagros, al que acudían personas buscando la curación de sus enfermedades.
Durante los siglos XIV y XV, en plena época de conflictos y epidemias como la peste negra, el santuario de la Virgen de los Milagros atrajo peregrinos que acudían buscando alivio para sus enfermedades.

Ese hospital llegó a funcionar como lazareto. No era simplemente un lugar donde dormir: la documentación del Parque Nacional señala que en la isla existió un hospital-albergue para peregrinos que posteriormente funcionó como lazareto.
Curiosidad
Como curiosidad deciros que La ermita no siempre estuvo donde la vemos ahora. La antigua ermita estaba integrada entre las casas del poblado. En 1652 fue reconstruida en otro lugar, alejándola de las viviendas, y junto a ella se levantó un pequeño hospital para peregrinos.
La afluencia llegó a ser tan importante que la ermita terminó quedando vinculada al antiguo hospital de peregrinos que existió en la isla.

Cruceiro
Hay un cruceiro muy especial cerca de la ermita. Es uno de los elementos que señalaban el antiguo camino marítimo hacia Santiago de Compostela. Es decir, aquella zona de Cortegada estaba relacionada con las rutas de peregrinación mucho antes de que existiera el turismo actual.

Vikingos
UPss que no hemos hablado de los vikingos y también estuvieron aquí, ellos provisionalmente, diremos que de camping. Los vikingos utilizaron las islas como campamento base para preparar incursiones en busca de las riquezas que circulaban hacia Santiago.

Y aquí en la playa mirando hacia la ría recordaremos que por esas mismas aguas navegaron hace siglos peregrinos, comerciantes y también pueblos que llegaban con intenciones bastante menos pacíficas.
El bosque de laureles
Te llamará la atención durante el recorrido el mayor bosque de laureles de Europa continental. El Parque Nacional habla de ejemplares que llegan a los 13 metros de altura, aquí sentirás su abrazo.

Lo extraordinario de Cortegada está también en lo pequeño
Si el bosque de laureles de Cortegada ya nos parece un tesoro, durante la visita descubrimos que la importancia de esta isla va mucho más allá de sus árboles centenarios. Aquí, hasta aquello que a simple vista podría pasarnos inadvertido esconde una historia natural fascinante.

Nos hablaron del melojo, también conocido como rebollo, un roble autóctono cuyas hojas tienen una textura muy particular, y de un pequeño helecho capaz de crecer sobre los troncos de los árboles: la Davallia canariensis. Una planta que quizá en otro lugar nos habría pasado desapercibida, pero que aquí nos invita a detenernos y mirar con otros ojos.

Y es que eso es precisamente lo bonito de descubrir un espacio natural de la mano de quienes lo conocen: aprendes que no todo lo importante tiene que ser grande, espectacular o evidente. A veces, la verdadera riqueza está en una hoja, en un helecho que encuentra su lugar sobre la corteza de un roble o en una especie que nos habla de la singularidad de todo un ecosistema.

Cortegada nos enseña que la naturaleza no necesita llamar nuestra atención para ser extraordinaria. Basta con acercarse, observar y comprender que cada especie, por pequeña que parezca, forma parte de un equilibrio mucho mayor y, a veces, su valor es infinitamente más grande de lo que jamás podríamos imaginar.

Quizá por eso esta isla deja tanta huella en quienes la visitamos. Porque no solo nos regala un bosque de laureles excepcional, sino que nos enseña algo que a menudo olvidamos a apreciar de verdad la naturaleza, primero tenemos que aprender a mirar lo que antes no veíamos.
Ahí reside su verdadero valor, ahí está lo verdaderamente importante en comprender que, en la naturaleza, lo más pequeño puede ser también lo más extraordinario.

Parque Nacional das Illas Atlánticas
Nos cuentan que el proyecto de construir una residencia de verano para Alfonso XIII en Cortegada acabó quedándose en eso, en un proyecto que nunca llegó a hacerse realidad en la isla.
La idea era regalarle este pequeño paraíso al monarca, pero para ello era necesario que todos los vecinos cedieran sus propiedades, y conseguirlo llevó más tiempo del previsto.

Los trámites se fueron alargando y, cuando por fin se formalizó la donación, en julio de 1910, el destino ya había tomado otro rumbo. El Palacio de la Magdalena, en Santander, estaba en construcción para convertirse en residencia veraniega de la familia real.

Y así, Cortegada se quedó sin su palacio. Una historia de tiempos que no encajaron, de un proyecto que se escapó entre documentos y esperas, y de una isla cuyo destino terminó siendo muy distinto al que un día imaginaron para ella.
Cortegada se incorporó al Parque Nacional en 2002 y la Xunta adquirió su propiedad mediante expropiación en septiembre de 2007.

Hoy forma parte del Parque Nacional Marítimo-Terrestre das Illas Atlánticas de Galicia gracias a asociaciones, científicos y vecinos que lucharon porque la isla no sufriera de la especulación, en ella se tenía pensado viviendas turísticas y hasta un campo de golf.

La sirena
Y todavía hay otra curiosidad preciosa. La isla conserva una escultura de una sirena relacionada con la leyenda del origen de los Mariño, realizada en el siglo XX por descendientes de la familia Goián, los últimos propietarios privados de Cortegada.

Ruta circular
En Cortegada podrás realizar una ruta circular que es un recorrido sencillo de unos 2,74 km, muy fácil y con apenas 53 metros de desnivel positivo. En aproximadamente una hora de marcha podrás adentrarte en su extraordinario bosque de laureles, descubrir los restos de la antigua aldea, contemplar vistas de los islotes del archipiélago y disfrutar de la naturaleza que envuelve cada sendero. Un paseo corto en distancia, pero enorme en historia, biodiversidad y rincones por descubrir.

